19 mar 2014

El falo



          Apenas entraba luz suficiente para percibir los límites de la estancia donde se encontraba. Amanda,  adivinaba el contorno de sus manos por la diferencia en la densidad de la oscuridad que la envolvía, el dolor que sentía en los párpados al intentar abrir los ojos no ayudaba demasiado. Tenía sed. La lengua, seca como una mojama, había absorbido hasta la última gota de saliva. Le dolía la cabeza. En un intento por aliviar el dolor se llevó la mano a la sien  tal y como había visto hacer a su padre tantas veces. Pero en ese preciso momento fue consciente de que sus manos y pies estaban inmovilizados. El miedo y la angustia se apoderaron de ella en forma de esfuerzo para liberarse de sus ataduras. Pero era como un pajarillo encerrado en una jaula, ya no podía volar. Sus gritos fueron inútiles, y cuando ya no le quedaron fuerzas para gritar ni pelear, empezó a ser consciente de la situación.

            Su afán por experimentar le llevó a sumergirse  cada vez más en un mundo oscuro y peligroso. Sus tendencias y apetitos sexuales no le hacían calibrar el riesgo,  las relaciones normales ya no le saciaban. Buscó y encontró esas sensaciones en formas de disfrutar que nunca imaginó. Pero nunca tenía bastante. El sexo se convirtió en una droga de la cual nunca consumía suficiente. Hasta que llegó a él. Se le conocía en el mundillo como ”El Embajador”. Si querías experiencias únicas, era él con quién debías tratar. Le habló de todo un mito en ese mundo oscuro. Una leyenda que le aseguró era cierta y a la que además, tenía acceso. Se le conocía como “El Falo”. Amanda fue presa de una gran excitación, esa que mezclada con un punto de miedo terminaba dándole la sensación que tanto ansiaba sentir una vez más. Le prometió que viajaría a través de los sentidos como nunca lo había hecho y ella, lo creyó como se cree a quien te ofrece un trozo de pan duro tras  semanas de ayuno. Ambos terminaron en una habitación de hotel barato. Debía estar seguro que cumpliría con las expectativas que “El Falo” exigía. Sus cuerpos intercambiaron experiencias  y él le ofreció aquella pastilla con la que prometió subliminar su placer hasta alcanzar el nirvana.  Después… oscuridad.

            El tiempo seguía pasando lento y frío  mientras yacía con su escasa ropa interior sobre aquel colchón. El olor a humedad y podredumbre eran su única compañía. Pero aquello iba a cambiar. Los murmullos y ruidos se hicieron evidentes al otro lado de lo que adivinó era una puerta. El graznido que provocó el cerrojo precedió a una fuerte luz que la cegó en un momento. Solo podía distinguir sombras  tras aquellos focos y camaras que empezaron a distribuirse a su alrededor y de repente sus esperanzas, empezaron a diluirse hasta desaparecer como vapor por las esquinas de aquella habitación.    
            Y en ese preciso instante descubrió al mito. Apareció colándose a través de la luz como una sombra aterradora. Nadie le dijo quien era, no hacía  falta. Lo que le produjo arcadas incontenibles que le subían del estomago hasta la garganta a Amanda no fue el metro noventa y cinco de aquella sombra, ni su complexión fuerte y maciza como una estatua de mármol negro, ni tan siquiera que fuera totalmente vestido de cuero negro y cubriera  su rostro con una máscara que no dejaba ver sus facciones. Lo que realmente asustó a Amanda fue aquel artilugio que la sombra portaba en su mano derecha, cincuenta centímetros de un material que no supo determinar hasta que lo tuvo dentro descubriendo en ese instante al mito. Al Falo. Que, como "El Embajador"  le había indicado, la trasladó a otro mundo. A un nirvana de dolor indescriptible que le hizo arrepentirse del camino elegido y encomendarse al Dios de sus padres al que, sin duda, tendría ocasión de conocer en unos instantes que presintió se le iban a hacer eternos.    



                                               Jesús  Coronado   -  2014