12 nov. 2016

John Steinbeck




John Steinbeck


El autor por el que me he decantado este mes es John Steinbeck. Un novelista americano que nació en California allá por el año 1902 y que, curiosamente, nunca llegó a graduarse en la Universidad de Stanford donde empezó a cursar sus estudios universitarios, aunque recibiera el premio nobel de literatura en 1962 y al que algunos consideran uno de los mejores narradores de la corriente naturalista o del realismo social americano.

            Sus obras retratan a la sociedad americana de la época. Quizás porque era un escritor de estilo realista o, simplemente, porque tuvo que realizar múltiples trabajos como obrero de la construcción o jornalero rural entre otros, que le ayudaron a comprender mejor la estructura e injusticia social de su tiempo. Un tiempo, dicho sea de paso, convulso y duro,  La Gran Depresión. Lo cierto es que esta visión e interés por la clase trabajadora y los desfavorecidos impregna toda su obra. Otros piensan que, criado en un ambiente de granjeros ricos, rechazó la visión que sus familiares tenían de la estructura social existente basada en la explotación de los trabajadores mejicanos y de los okies (los blancos que abandonan el medio oeste por la sequía y la depresión) y que él nunca compartiría. No entendía que el bienestar de los terratenientes se hiciera a costa de la miseria de los trabajadores. Algo que, si miramos en la actualidad, no ha cambiado mucho por aquella zona y otras más lejanas.    

            En 1926 conoce a la que sería su primera esposa, Carol Henning, con la que se casa en 1930 y de la que se separa en 1942. Su pena tardó poco en disiparse, un año después se volvería a casar. Matrimonio que le dio dos hijos y que mantuvo hasta la fecha de su muerte, 1968.

Sus obras y premios


Aunque escribe su primera novela en 1929 “La copa de oro” de ficción histórica, no sería hasta 1935 con “Tortilla Flat” cuando la sociedad californiana le premiaría como el mejor escritor de novela del estado de California.

            Pero no es hasta 1937 cuando el nombre de Steinbekc traspasará las fronteras de su estado natal. Su novela “De ratones y hombres” describe de forma detallada los problemas de la clase obrera de California en la búsqueda de trabajo y de supervivencia durante la gran depresión. Llevada al teatro con gran éxito terminó ofreciéndole un nuevo premio, esta vez el de la crítica de Nueva York.  Esto le impulsó a escribir dos obras de teatro que también fueron representadas obteniendo un éxito relativo.

            Dos años después, 1939, publicará la que está considerada como la mejor de sus obras “Las uvas de la ira” por la que recibe el premio Pulitzer entre agrias polémicas y un rechazo de pleno en el estado que le vio nacer por parte de la clase más tradicional del mismo. A parte de las dos novelas indicadas sólo mencionaré una más, “Al este del Edén”. Esta es la favorita del autor y conforma junto a “De ratones y hombres” y “Las uvas de la ira” lo que para muchos son sus tres mejores obras.

            Aunque sólo mencione algunos títulos, la bibliografía de Steinbeck es extensa. Trabaja la ficción y no ficción, los relatos y los guiones cinematográficos, señalando que varias de sus novelas y múltiples guiones han sido llevados al cine con gran éxito de crítica y público.

Poco prolífico en premios literarios, sin embargo,  le fue concedido el  Nobel  de literatura en 1962 por el conjunto de su obra,  donde dio un pequeño discurso  de agradecimiento. He de comentar que cincuenta años después, la academia reconoce que se le concedió por ser el menos malo de los más de cincuenta candidatos ese año. De hecho se dice que ha sido una de las peores elecciones hechas por la academia. Crítica que fue refrendada por el New York Times e incluso por el propio Steinbeck cuando se le preguntó si merecía el Nobel y él mismo contestó “Francamente, no”. Bueno,  cosas de la Academia sueca. De Murakami y Bob Dylan ya hablaremos otro día.

En fin, Steinbeck,  a fecha de hoy, sigue siendo un autor controvertido, especialmente en su California natal y muy denostado en el país por sus ideas socialistas como dicen algunos. Yo soy de los que piensan que simplemente se limitó a retratar la injusticia social de la manera que mejor sabía hacer, escribiendo. Algo por lo que no se le ha perdonado todavía, quizás por qué ésta sigue existiendo con la misma virulencia de entonces o quizás más.

Bueno, y hasta aquí el autor del mes. Sed buenos y leed mucho.

Publicado en Factoría de Autores    -    Jesús Coronado    2016

24 ago. 2016

Camino del pantano




         El pueblo apenas superaba los mil habitantes. Pero en verano el número de vecinos se duplicaba. Los niños ganábamos  por goleada.  La costumbre a principios de los setenta era dejar a la mujer y los niños, cuando estos terminaban el colegio, en una de las casas hasta ese momento vacías para que disfrutaran “de una vida más tranquila y natural” decían los padres. Yo fui uno de ellos aquel año.
            Aunque parezca mentira, aún me parece oler a pan recién hecho. Un pan que no he vuelto a saborear desde entonces y que cada mañana temprano iba a comprar a la tahona de la esquina. Inolvidable el momento en que, sentado junto a Manolito en el escalón de la entrada, disfrutaba de un bocadillo de jamón serrano bañado con aceite de la zona que rezumaba entre mis dedos mientras lo mordía con ganas. A Manolito le gustaba más la mortadela, o al menos eso me decía cuando repartíamos los bocadillos a medias de vez en cuando. Ver con la avidez que lo engullía no me hizo pensar entonces que no era cuestión de gustos. Pero los niños no caemos en esas cosas.
Mientras paseo por la glorieta camino del pantano, me vienen a la cabeza las guerras de agua de la fuente, fría como el mismísimo hielo, que los más pequeños comenzábamos en las horas más fuertes de calor y terminábamos cuando nos entraba la tiritona al ponerse el Sol. La botella de Gior de dos litros que me agencié al principio del verano me dio muchas satisfacciones, hasta que el grupo de matones del pueblo se empeñaron en darle una paliza al nuevo. Querían ver lo que aguantábamos los de ciudad. Menos mal que Manolito estaba al quite y la cambió por la paliza.  Yo, ese verano, no podía estarlo cuando mi padre golpeaba a mi madre los sábados por la mañana;  tampoco hubiera admitido botella alguna a cambio de dejarla en paz. La primera vez que lo intenté terminé con una brecha en la frente. Ahora entiendo el interés de mi padre por dejarnos veraneando en el pueblo; y el de mi madre por el olor a perfume que traía impregnada la ropa que le dejaba para lavar los fines de semana.
Ya veo el pantano al final del camino. La última vez que lo recorrí no pude verlo. Pero sí sentirlo.
            El último sábado del verano de aquel año, el nombre de Elena se repitió muchas veces. La secretaria de mi padre. El primer golpe contra la puerta del comedor que recibió mi madre fue el que me despertó. El segundo, al romperse el jarrón del aparador, el que me obligó a levantarme. El tercero, el que recibí al intentar estar al quite, como Manolito, pero sin la misma suerte.
            Después de treinta años me sigue pareciendo extraño que al llegar al final del camino, se me ponga la piel de gallina. Ya no hay piel.

            Cuando mi padre nos sacó a los dos del capó del coche, lo hizo rápido. Nunca fue bueno con los nudos y aunque apretó bien los dos sacos para que hiciéramos el recorrido juntos hasta el final, estos se soltaron.  A mi madre la encontraron seis meses después. Yo, al intentar escapar cuando el frío del agua me sacó de la inconsciencia, solo conseguí alejarme y enredarme con la suciedad del fondo del pantano que ha ido creciendo desde entonces. Ella descansa plácidamente en el cementerio. Yo, sigo haciendo este recorrido un día tras otro. Una maldición repetitiva pensarán, pero yo sigo disfrutando de los recuerdos y de los olores de la tahona por la que paso a diario. Es una buena forma de esperar hasta que mis restos… sean encontrados. 

1 ago. 2016

"Una habitación propia" de Virginia Woolf




Una habitación propia
¿Por qué  “Una habitación propia”?  Porque es el ensayo que devuelve  a la vida e introduce de nuevo  al mundillo literario a su autora Virginia Woolf. Luego os digo cómo. Ahora un pequeño resumen para que sepáis de lo que va el libro.

Sinopsis
         En esta obra, Virginia Woolf plasma una serie de reflexiones sobre la dificultad de las mujeres para dedicarse a la escritura y la evolución de su pensamiento feminista en relación con la literatura. Un encargo de charlas sobre el tema de la mujer y la novela da como resultado este ensayo con múltiples apuntes sicológicos e históricos sobre el tema que lo convierte en un texto de plena actualidad.
         Describe a lo largo de sus capítulos las desventajas con las que las mujeres de la época cuentan en todos los ámbitos sociales, aunque se centra en las relacionadas con el mundillo literario.

El libro
Publicado en 1929, “Una habitación propia” hizo que su autora fuera redescubierta en la década de los 70. El movimiento feminista se lo adjudica como bandera para defender el papel de la mujer en un mundo literario dominado por hombres.
A través de varios personajes femeninos y una pregunta ¿Qué necesitan las mujeres para escribir buenas novelas? Woolf aborda el tema bajo distintos puntos de vista y con una verdadera aproximación a la realidad histórica y de su tiempo, del lugar que la mujer ha ocupado y ocupa dentro de la sociedad mediante  un conjunto de relatos que narran situaciones reales e inventadas.
Cabe destacar entre todos los personajes el que quizás sea el más representativo y el que más se acerca a su forma de sentir lo que para ella deberían ser las cosas, Mary Beton, una mujer de clase media que destaca por poseer dos derechos fundamentales que Woolf cree necesarios; el derecho a voto y sobre todo y lo más importante, una pensión vitalicia de quinientas libras anuales. Todo un privilegio que le permite ser totalmente independiente y no depender de los hombres para dedicarse a escribir. De hecho se dice que es un reflejo de ella misma.
Esta independencia económica y un espacio especifico para escribir, la habitación propia de la novela, es lo que realmente reivindica a través de la obra y aunque lo centra en las mujeres por simbolizar la libertad y los derechos que no tenían, también lo considera imprescindible para los hombres que quieran dedicarse a escribir como forma de vida.
Woolf no sólo crítica la falta de independencia económica; recordemos que en la época en la que se mueve los bienes eran cosa del padre o esposo, la mujer nunca era la propietaria de los mismos; sino también la imposibilidad de entrar a determinados sitios; la universidad era uno de ellos. En el ámbito literario mencionaríamos los cafés literarios donde tenían prohibida la entrada así como las bibliotecas, donde debían entrar acompañadas de un profesor. Me ha resultado curioso la mención a las diferencias en el menú del comedor universitario, viandas más ligeras y agua para beber.
En fin, en este ensayo Virginia Woolf crítica y rebate todas las críticas masculinas hacia las mujeres demostrando, según dice, que son consecuencia de la inseguridad e hipocresía de los hombres, ya que se permiten menospreciarlas sin tener en cuenta que parten con desventaja, pues no reciben la misma educación como norma.

La reflexión final a la que podríamos llegar, es que todo aquello que Virginia Woolf crítica y comenta como injusto, ha quedado resuelto a fecha de hoy. Al menos en su gran mayoría, porque en algunas sociedades los derechos de la mujer siguen estando en cuestión, siendo maltratadas y tratándolas como simples objetos, por lo que la obra que tratamos sigue estando de total actualidad.
Por cierto, después de leer “Una habitación propia” me ha surgido una seria duda ¿Por qué hay tantos autores anónimos en la literatura clásica? Ahí lo dejo.





30 may. 2016

Pequeño teatro de Ana María Matute


Pequeño teatro





Cuando tuve que plantearme qué libro comentar de  Ana María Matute  encontré una bibliografía sumamente amplia  donde elegir, evidentemente, pero “Pequeño teatro” me atraía especialmente por dos razones: ser el primer libro que escribió y por la magnífica descripción que realiza tanto del entorno como de los personajes a lo largo de toda la novela. La primera descripción de personaje que realiza es la “Ilé Eroriak”, el actor principal de la obra. Aquí la tenéis, juzgad vosotros mismos.

Ilé Eroriak era de cortos alcances, tardo en hablar, y había quien hallaba estúpida su sonrisa. Sus escasas palabras a menudo resultaban incoherentes y poca gente se molestaba en comprender lo que decía. Sin embargo, había un rayo de luz, fuerte y hermosa luz, que atravesaba el enramado de sus confusos pensamientos, y le hería dulcemente el corazón. Su grande, su extraordinaria imaginación le salvaba milagrosamente de la vida. También su ignorancia, y sobre todo, aquella fe envidiable y maravillosa. Ilé Eroriak creía en todo, profundamente. Amaba el mar sin saberlo, hasta el punto de ser, hasta entonces, la única cosa en el mundo capaz de hacerle llorar o reír”.

“Pequeño Teatro” se publica en 1954 tras obtener el “Premio Planeta.” Su autora, Ana M. Matute, solo tenía 28 años. La propia Matute reconoce en una entrevista, que el libro lo escribió cuando tan solo tenía 17 años. Es anecdótico que lo presentara en un cuaderno escolar cuadriculado en la editorial Destino, editorial que le dio largas tras decirle que era menor de edad y necesitaba el permiso de su padre. Posteriormente, y tras la publicación de su novela “Los Abel” que quedó semifinalista en el Premio Nadal, la terminó presentado, once años después, al Premió Planeta. Y lo ganó.


“Pequeño Teatro” gira en torno al mundo que se mueve alrededor de su protagonista Ilé Eroriak, un joven adolescente desamparado que deambula por las calles de “Oiquixia”, un pequeño pueblo pesquero donde sus habitantes desnudan sus sentimientos, sus mezquindades, sus envidias y odios, el amor  y todas las pasiones que el ser humano arrastra desde el momento en que la luz del Sol daña los ojos. Donde la aparición de “Marco”, un forastero excéntrico que se hace amigo de la inocencia de nuestro protagonista, levanta un auténtico revuelo en la sociedad de más allá del puerto.

Solo el viejo Anderea, el maestro titiritero, será un amigo de verdad para Ilé Eroriak, al que deja dormir, como a sus viejos muñecos, en una de las estanterías donde reposan recordando viejas historias; lugar desde el que observa el movimiento pausado de los títeres evolucionando con las historias inventadas por el viejo Anderea, historias que el maestro titiritero manipula con sus manos al igual que el destino zarandea al resto de los personajes, manejándolos como títeres de hilos invisibles en un pequeño teatro donde se presiente la tragedia, donde las pasiones marcarán las decisiones y donde se anticipa un final poco feliz donde el amor y la amistad son zarandeados y quebrados  como un junco por el viento.

Pequeño Teatro está lleno de magníficas descripciones. Todos sus personajes, Marco, Zazu, Kepa Devar, y hasta las amargadas y rígidas hermanas Antías, son tallados como figuras en madera de balsa, utilizando un lenguaje casi poético que sorprende en una joven de tan solo diecisiete años,  capaz de describir todo un mundo lleno de metáforas y llevarnos de la mano para iniciar un baile lento con los hilos que manejan el destino de todos. Menos de Ilé Eroriak. El sabio enajenado del que todos hablan y todos envidian en el fondo de sus corazones.

“Pequeño Teatro” es un anticipo de lo que vendría después en su “Olvidado Rey Gudú” y todo un descubrimiento para mí. Quizás por mi afición a la poesía o simplemente porque la prosa casi poética con la que Matute impregna su obra es capaz de hacerte sentir el salitre del mar que impregna la atmosfera en que Oiquixia se mueve.

Recomiendo su lectura a los que gusten de una historia pausada que se mueve lentamente descubriendo a los personajes y sus sentimientos poco a poco, como si degustaras una onza de chocolate puro al que dejas deshacerse lentamente en la boca.
                                                    Jesús Coronado 2015

 Reseña publicada en Factoría de Autores

               

25 may. 2016

#amanecer


El Nudo Windsor
 
Federico lleva  desde el amanecer frente al espejo con la corbata en la mano. Desde que se jubiló ha ido a menos y en los últimos meses me he percatado de que sus despistes van a más. Yo, con la excusa de darle un beso de buenos días, me acerco y le hago el nudo Windsor que tanto le gusta y ya no recuerda hacer  mientras le digo cuanto le quiero. Hoy, sin que se diera cuenta, le he metido en el bolsillo de la chaqueta una tarjeta con la dirección y el teléfono  de casa. 
 

29 dic. 2015

Bendita jubilación


 
 
 
Hoy toca sopa de sobre. Todo un lujo después de una semana a base de bocadillos de foie gras de seis latas un euro, y aunque que tengo para dos días, he decidido tomarme el sobre entero hoy. Mañana no sé si tendré astillas de madera suficientes para encender de nuevo un fuego con el que calentar el agua de la sopa ¡Qué buena y calentita está! ¡Y de estrellitas!, como le gustaba a María.

 Y me inundan los recuerdos al mismo tiempo que sorbo la sopa caliente y cuento cada una de las estrellitas de pasta que hago recorrer entre la lengua y el paladar, como hacía María cuando aún estaba a mi lado. Veinte años sin ella son muchos. Veinte años en que aquella maldita enfermedad, y la negativa de la corporación comercial que gobierna el país a darle el medicamento, hicieron el resto. Mi escaso sueldo apenas daba para pagar los alimentos que ambos consumíamos y el alquiler excesivo por aquel cuchitril de veinticinco metros cuadrados en los que nos hacinaban como a chinches. Me consolaba pensando que, al menos, mis hijos estarán mejor en la zona donde la corporación comercial alemana controla el territorio y los servicios. Era y sigue siendo normal el intercambio de peones entre corporaciones, Lidl allí, Mercadona aquí, y así en cada uno de lo que anteriormente denominábamos país. Qué hábiles fueron las grandes fortunas. Los políticos no se dieron cuenta de que las puertas giratorias y los cargos honoríficos que les otorgaban a cambio de favores, tarde o temprano traerían consecuencias. Los partidos políticos se difuminaron a cambio de dinero y las grandes compañías, con un Fondo Monetario Internacional que les respaldó, se hicieron con el poder. Casa y comida son fundamentales, y ellos tenían en su poder las dos. Sólo tuvieron que dar al ejército ambas cosas, el resto vino rodado.

Las primeras protestas fueron reprimidas con excesiva violencia. Las segundas, acompañadas de despidos, menores sueldos y racionamiento en la comida y los servicios de aquellos que eran identificados como alborotadores.   Al fin y al cabo ellos lo controlaban y controlan todo. Era aceptar lo que te daban o morir en plena calle de inanición. Apenas se puede sobrevivir. La caridad ya no existe en esta sociedad. Ahora sólo hay dos clases, la de ellos y la nuestra. Unos viven como zánganos a cuerpo de rey y otros como esclavos trabajando para ellos. Yo ya no formo parte ni tan siquiera de esta última: los ancianos que ya no producimos somos aislados bajo los puentes de las autopistas en habitáculos de tres por dos, donde apenas cabe una cama y una manta. Triste recompensa para el trabajo realizado durante años que aderezan con lo que ellos llaman manutención y que apenas da para un par de comidas al día.

Pero ahora sólo quiero disfrutar de mi sopa y los recuerdos agradables que me quedan de María. Odio el atún y los macarrones de lata que me tocan la próxima semana.    

                                                                  Jesús Coronado

 

21 sept. 2015

Soledad

 
 
 
 
 
 
Casi le saltó un diente al morder el mendrugo de pan, pero eso le daba igual. El hambre no le hace ascos a nada y acompañado con los mordiscos de la manzana pocha que encontró revolviendo la basura de la frutería, podía considerarlo un auténtico banquete. Tres días sin probar bocado son muchos días. Nunca pensó que a los cincuenta la vida le tendría reservado este premio. Nunca fue perfecto, pero la crisis le agrió el genio y era cuestión de tiempo quedarse solo; sin amigos; sin familia.
— El fracaso y la pobreza son la peste de estos tiempos— pensó.
Y siguió masticando el mendrugo mientras observaba la lápida sobre la que estaba sentado. “Tú esposa y tus hijos te querrán eternamente” leyó en voz baja. El epitafio que él nunca tendría. Y de momento… dejó de respirar. El maldito trozo de pan y la manzana pocha se le atoraron en la garganta. Y el enorme ángel custodio bajo el que encontró refugio le señalaba con su enorme espada de fuego, como sentenciándolo a muerte. Luis, con la última bocanada de aire, lo aceptó resignado y cansado; muy cansado. Se tumbó sobre la lápida, y volvió a leer el epitafio.    
 
"Relato publicado en ENTC"