20 feb. 2013

Sordera




La sordera



        El trabajo estaba hecho. Tras limpiar cuidadosamente la habitación salí de ella cerrando la puerta despacio. Me quité los guantes y me dirigí de forma inconsciente a la búsqueda de mi cuarto. El seiscientos sesenta y seis. Un número premonitorio, pensé. Me senté en el borde de la cama y saqué dos botellitas de vodka del minibar para tomar su contenido a palo seco.

        El vodka hizo efecto con rapidez y más calmado, me concentré en escuchar los ruidos existentes a mi alrededor. Era una experiencia relativamente nueva para mí y una sorpresa para María. Hacía veinte años que aquel accidente me dejó sordo, la explosión que aquellos desalmados produjeron en el asalto al banco casi me mató. Mis tímpanos sangraron y me llevaron a un mundo donde sólo existía el silencio; el aislamiento involuntario.

        María dejó pasar algún tiempo antes de hacerme ver que debía asumir mi nueva condición física y centrarme en aprender a llevarla lo mejor posible. Quiso que aprendiera el lenguaje de signos, a leer los labios, a llevar una vida normal. Pero algo en mi interior se resistía a aceptar la minusvalía que transformó mi vida en un instante. Aún hoy, sigo sin ser capaz de leer en los labios y apenas  entiendo el lenguaje de signos. Todos mis esfuerzos se centraron en buscar soluciones médicas que pusieran fin a mi tara, algo que María no entendía.

        El pasado lunes todo quedó solucionado. Una pequeña intervención en el tímpano derecho, el menos dañado, y la aplicación de un receptor interno consiguieron que mi capacidad auditiva fuera normal en ese oído, el izquierdo resultó irrecuperable. Pero la sorpresa para María tuvo que esperar a hoy, no quise interrumpir su llamada telefónica.

        Abrí un tercer botellín de vodka y mientras vaciaba su contenido en el vaso, vino a mi mente la expresión de sorpresa que María me dedicó, no sé si al enterarse de que mi sordera había llegado a su fin o  al verme empuñar el arma. Fue la primera. A Luis lo maté después. Aunque sinceramente, creo que a él lo que más le sorprendió no fue la cura de mi sordera, sino que el primer tiro se lo diera en sus partes nobles. El que le vaciara el cargador después hasta quedar los dos bañados en sangre juntos y en aquella cama, ya no le importó.


                                                            Jesús Coronado - 2013




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