30 may 2016

Pequeño teatro de Ana María Matute


Pequeño teatro





Cuando tuve que plantearme qué libro comentar de  Ana María Matute  encontré una bibliografía sumamente amplia  donde elegir, evidentemente, pero “Pequeño teatro” me atraía especialmente por dos razones: ser el primer libro que escribió y por la magnífica descripción que realiza tanto del entorno como de los personajes a lo largo de toda la novela. La primera descripción de personaje que realiza es la “Ilé Eroriak”, el actor principal de la obra. Aquí la tenéis, juzgad vosotros mismos.

“Ilé Eroriak era de cortos alcances, tardo en hablar, y había quien hallaba estúpida su sonrisa. Sus escasas palabras a menudo resultaban incoherentes y poca gente se molestaba en comprender lo que decía. Sin embargo, había un rayo de luz, fuerte y hermosa luz, que atravesaba el enramado de sus confusos pensamientos, y le hería dulcemente el corazón. Su grande, su extraordinaria imaginación le salvaba milagrosamente de la vida. También su ignorancia, y sobre todo, aquella fe envidiable y maravillosa. Ilé Eroriak creía en todo, profundamente. Amaba el mar sin saberlo, hasta el punto de ser, hasta entonces, la única cosa en el mundo capaz de hacerle llorar o reír”.

“Pequeño Teatro” se publica en 1954 tras obtener el “Premio Planeta.” Su autora, Ana M. Matute, solo tenía 28 años. La propia Matute reconoce en una entrevista, que el libro lo escribió cuando tan solo tenía 17 años. Es anecdótico que lo presentara en un cuaderno escolar cuadriculado en la editorial Destino, editorial que le dio largas tras decirle que era menor de edad y necesitaba el permiso de su padre. Posteriormente, y tras la publicación de su novela “Los Abel” que quedó semifinalista en el Premio Nadal, la terminó presentado, once años después, al Premió Planeta. Y lo ganó.


“Pequeño Teatro” gira en torno al mundo que se mueve alrededor de su protagonista Ilé Eroriak, un joven adolescente desamparado que deambula por las calles de “Oiquixia”, un pequeño pueblo pesquero donde sus habitantes desnudan sus sentimientos, sus mezquindades, sus envidias y odios, el amor  y todas las pasiones que el ser humano arrastra desde el momento en que la luz del Sol daña los ojos. Donde la aparición de “Marco”, un forastero excéntrico que se hace amigo de la inocencia de nuestro protagonista, levanta un auténtico revuelo en la sociedad de más allá del puerto.

Solo el viejo Anderea, el maestro titiritero, será un amigo de verdad para Ilé Eroriak, al que deja dormir, como a sus viejos muñecos, en una de las estanterías donde reposan recordando viejas historias; lugar desde el que observa el movimiento pausado de los títeres evolucionando con las historias inventadas por el viejo Anderea, historias que el maestro titiritero manipula con sus manos al igual que el destino zarandea al resto de los personajes, manejándolos como títeres de hilos invisibles en un pequeño teatro donde se presiente la tragedia, donde las pasiones marcarán las decisiones y donde se anticipa un final poco feliz donde el amor y la amistad son zarandeados y quebrados  como un junco por el viento.

Pequeño Teatro está lleno de magníficas descripciones. Todos sus personajes, Marco, Zazu, Kepa Devar, y hasta las amargadas y rígidas hermanas Antías, son tallados como figuras en madera de balsa, utilizando un lenguaje casi poético que sorprende en una joven de tan solo diecisiete años,  capaz de describir todo un mundo lleno de metáforas y llevarnos de la mano para iniciar un baile lento con los hilos que manejan el destino de todos. Menos de Ilé Eroriak. El sabio enajenado del que todos hablan y todos envidian en el fondo de sus corazones.

“Pequeño Teatro” es un anticipo de lo que vendría después en su “Olvidado Rey Gudú” y todo un descubrimiento para mí. Quizás por mi afición a la poesía o simplemente porque la prosa casi poética con la que Matute impregna su obra es capaz de hacerte sentir el salitre del mar que impregna la atmosfera en que Oiquixia se mueve.

Recomiendo su lectura a los que gusten de una historia pausada que se mueve lentamente descubriendo a los personajes y sus sentimientos poco a poco, como si degustaras una onza de chocolate puro al que dejas deshacerse lentamente en la boca.
                                                    Jesús Coronado 2015

 Reseña publicada en Factoría de Autores

               

25 may 2016

#amanecer


El Nudo Windsor
 
Federico lleva  desde el amanecer frente al espejo con la corbata en la mano. Desde que se jubiló ha ido a menos y en los últimos meses me he percatado de que sus despistes van a más. Yo, con la excusa de darle un beso de buenos días, me acerco y le hago el nudo Windsor que tanto le gusta y ya no recuerda hacer  mientras le digo cuanto le quiero. Hoy, sin que se diera cuenta, le he metido en el bolsillo de la chaqueta una tarjeta con la dirección y el teléfono  de casa. 
 

29 dic 2015

Bendita jubilación


 
 
 
Hoy toca sopa de sobre. Todo un lujo después de una semana a base de bocadillos de foie gras de seis latas un euro, y aunque que tengo para dos días, he decidido tomarme el sobre entero hoy. Mañana no sé si tendré astillas de madera suficientes para encender de nuevo un fuego con el que calentar el agua de la sopa ¡Qué buena y calentita está! ¡Y de estrellitas!, como le gustaba a María.

 Y me inundan los recuerdos al mismo tiempo que sorbo la sopa caliente y cuento cada una de las estrellitas de pasta que hago recorrer entre la lengua y el paladar, como hacía María cuando aún estaba a mi lado. Veinte años sin ella son muchos. Veinte años en que aquella maldita enfermedad, y la negativa de la corporación comercial que gobierna el país a darle el medicamento, hicieron el resto. Mi escaso sueldo apenas daba para pagar los alimentos que ambos consumíamos y el alquiler excesivo por aquel cuchitril de veinticinco metros cuadrados en los que nos hacinaban como a chinches. Me consolaba pensando que, al menos, mis hijos estarán mejor en la zona donde la corporación comercial alemana controla el territorio y los servicios. Era y sigue siendo normal el intercambio de peones entre corporaciones, Lidl allí, Mercadona aquí, y así en cada uno de lo que anteriormente denominábamos país. Qué hábiles fueron las grandes fortunas. Los políticos no se dieron cuenta de que las puertas giratorias y los cargos honoríficos que les otorgaban a cambio de favores, tarde o temprano traerían consecuencias. Los partidos políticos se difuminaron a cambio de dinero y las grandes compañías, con un Fondo Monetario Internacional que les respaldó, se hicieron con el poder. Casa y comida son fundamentales, y ellos tenían en su poder las dos. Sólo tuvieron que dar al ejército ambas cosas, el resto vino rodado.

Las primeras protestas fueron reprimidas con excesiva violencia. Las segundas, acompañadas de despidos, menores sueldos y racionamiento en la comida y los servicios de aquellos que eran identificados como alborotadores.   Al fin y al cabo ellos lo controlaban y controlan todo. Era aceptar lo que te daban o morir en plena calle de inanición. Apenas se puede sobrevivir. La caridad ya no existe en esta sociedad. Ahora sólo hay dos clases, la de ellos y la nuestra. Unos viven como zánganos a cuerpo de rey y otros como esclavos trabajando para ellos. Yo ya no formo parte ni tan siquiera de esta última: los ancianos que ya no producimos somos aislados bajo los puentes de las autopistas en habitáculos de tres por dos, donde apenas cabe una cama y una manta. Triste recompensa para el trabajo realizado durante años que aderezan con lo que ellos llaman manutención y que apenas da para un par de comidas al día.

Pero ahora sólo quiero disfrutar de mi sopa y los recuerdos agradables que me quedan de María. Odio el atún y los macarrones de lata que me tocan la próxima semana.    

                                                                  Jesús Coronado

 

21 sept 2015

Soledad

 
 
 
 
 
 
Casi le saltó un diente al morder el mendrugo de pan, pero eso le daba igual. El hambre no le hace ascos a nada y acompañado con los mordiscos de la manzana pocha que encontró revolviendo la basura de la frutería, podía considerarlo un auténtico banquete. Tres días sin probar bocado son muchos días. Nunca pensó que a los cincuenta la vida le tendría reservado este premio. Nunca fue perfecto, pero la crisis le agrió el genio y era cuestión de tiempo quedarse solo; sin amigos; sin familia.
— El fracaso y la pobreza son la peste de estos tiempos— pensó.
Y siguió masticando el mendrugo mientras observaba la lápida sobre la que estaba sentado. “Tú esposa y tus hijos te querrán eternamente” leyó en voz baja. El epitafio que él nunca tendría. Y de momento… dejó de respirar. El maldito trozo de pan y la manzana pocha se le atoraron en la garganta. Y el enorme ángel custodio bajo el que encontró refugio le señalaba con su enorme espada de fuego, como sentenciándolo a muerte. Luis, con la última bocanada de aire, lo aceptó resignado y cansado; muy cansado. Se tumbó sobre la lápida, y volvió a leer el epitafio.    
 
"Relato publicado en ENTC"


1 jun 2015

Donde este una buena vegana...


Resultado de imagen de vegana

La cena debía ser perfecta. Tras quince días de flirteo, Elena, accedió a cenar en casa. Solos. La cosa prometía, sobre todo después de indicarme que no soportaba la carne. Eso simplificaba las cosas.

            Los langostinos de Vinaroz habían sido difíciles de encontrar, pero merecía la pena. Su sabor dulce y delicado combinaba a la perfección con un Verdejo blanco bien frío de Rueda. Y con sus ojos, de un verde esmeralda que me trajo recuerdos a mar mientras saboreaba el primer langostino.

            Los corazones de alcachofas con almejas iban aderezados con un poco de pimentón picante, alegra el conjunto y se deja acompañar por el blanco. Elena los aceptó regalándome una sonrisa. Yo opté por un carpaccio de lomo ahumado extremadamente fino y apenas aderezado con una vinagreta de alcaparras. Los ahumados son mi especialidad. La explosión del gas que sonó al saltar el corcho de la botella de espumoso rosado, hizo que Elena me regalara un gritito de sorpresa y satisfacción. Su plato y copa vacíos me indicaban que todo iba sobre ruedas.

            Como plato fuerte opté por servirle unas kokotxas de merluza en salsa verde. Yo, por el contrario, me serví un entrecot poco hecho aderezado en sartén con sal y pimienta y terminado con el aroma del romero y la mantequilla con el que le daba los toques finales. Elena  me indicó que llenara su copa con el tinto de Ribera de Duero que acaba de abrir para acompañar a la carne. Su mirada, y el comentario sobre lo agradable que era la escasez de ajo en las kokotxas para no estropear la velada, excitaron mis sentidos al pensar en lo que me esperaba en unos momentos. Empezaban  a notarse los efectos.

            Cuando acabó con el coulant de chocolate y resto de los vinos, Elena estaba ya tendida sobre la mesa metálica del sótano. El frío que notó en su espalda la hizo estremecerse con un movimiento lento. El narcótico había hecho su efecto, pues apenas se sorprendió cuando me vio acercarme con el cuchillo de carnicero. De hecho, ni notó el limpio corte que le seccionó la yugular. Tenía que ser perfecto para que se desangrara de forma correcta y pudiera despiezarla adecuadamente.

            Hoy, mientras disfruto de un Steak Tartar apenas condimentado, me sorprende ver el dulce sabor de las vegetarianas. Y aunque os pueda parecer que es una opinión personal, estáis equivocados. Mis clientes aprecian su sabor en las hamburguesas especiales que periódicamente pongo a la venta en mi carnicería.  Las siguientes, prometo que serán de vegana.    

 

                                                                       Jesús Coronado     

6 may 2014

Falsa sobrasada


A la edad de cinco años mi única preocupación era saber cómo conseguir una caja de cartón con la que fabricarme el coche de carreras que ganara al resto de críos del callejón. Los remiendos en la ropa y que mi madre creyera que me engañaba cuando le pedía sobrasada y me daba pan con aceite y pimentón espolvoreado era lo de menos. Como lo eran los comentarios que se escuchaban sobre la virtud y las entradas y salidas de hombres desconocidos en casa de Juanita cuando su marido salía a buscar trabajo y sus hijos estaban en el colegio. Aun recuerdo a Carlitos, el menor de los hijos de Juanita, con el que compartía más de una vez los bocadillos de la falsa sobrasada que le sabían a gloria.
Es ahora, en estos tiempos en que llegar a final de mes es complicado, cuando mejor recuerdo la virtud de Juanita y el hambre de Carlitos. Como dícen los  versos  de  Ruiz Aguilera: 
“La casa de mi vecino
Dos puertas tiene a dos calles:
Cuando el hambre entra por una,
Por otra la virtud sale.”


19 mar 2014

El falo



          Apenas entraba luz suficiente para percibir los límites de la estancia donde se encontraba. Amanda,  adivinaba el contorno de sus manos por la diferencia en la densidad de la oscuridad que la envolvía, el dolor que sentía en los párpados al intentar abrir los ojos no ayudaba demasiado. Tenía sed. La lengua, seca como una mojama, había absorbido hasta la última gota de saliva. Le dolía la cabeza. En un intento por aliviar el dolor se llevó la mano a la sien  tal y como había visto hacer a su padre tantas veces. Pero en ese preciso momento fue consciente de que sus manos y pies estaban inmovilizados. El miedo y la angustia se apoderaron de ella en forma de esfuerzo para liberarse de sus ataduras. Pero era como un pajarillo encerrado en una jaula, ya no podía volar. Sus gritos fueron inútiles, y cuando ya no le quedaron fuerzas para gritar ni pelear, empezó a ser consciente de la situación.

            Su afán por experimentar le llevó a sumergirse  cada vez más en un mundo oscuro y peligroso. Sus tendencias y apetitos sexuales no le hacían calibrar el riesgo,  las relaciones normales ya no le saciaban. Buscó y encontró esas sensaciones en formas de disfrutar que nunca imaginó. Pero nunca tenía bastante. El sexo se convirtió en una droga de la cual nunca consumía suficiente. Hasta que llegó a él. Se le conocía en el mundillo como ”El Embajador”. Si querías experiencias únicas, era él con quién debías tratar. Le habló de todo un mito en ese mundo oscuro. Una leyenda que le aseguró era cierta y a la que además, tenía acceso. Se le conocía como “El Falo”. Amanda fue presa de una gran excitación, esa que mezclada con un punto de miedo terminaba dándole la sensación que tanto ansiaba sentir una vez más. Le prometió que viajaría a través de los sentidos como nunca lo había hecho y ella, lo creyó como se cree a quien te ofrece un trozo de pan duro tras  semanas de ayuno. Ambos terminaron en una habitación de hotel barato. Debía estar seguro que cumpliría con las expectativas que “El Falo” exigía. Sus cuerpos intercambiaron experiencias  y él le ofreció aquella pastilla con la que prometió subliminar su placer hasta alcanzar el nirvana.  Después… oscuridad.

            El tiempo seguía pasando lento y frío  mientras yacía con su escasa ropa interior sobre aquel colchón. El olor a humedad y podredumbre eran su única compañía. Pero aquello iba a cambiar. Los murmullos y ruidos se hicieron evidentes al otro lado de lo que adivinó era una puerta. El graznido que provocó el cerrojo precedió a una fuerte luz que la cegó en un momento. Solo podía distinguir sombras  tras aquellos focos y camaras que empezaron a distribuirse a su alrededor y de repente sus esperanzas, empezaron a diluirse hasta desaparecer como vapor por las esquinas de aquella habitación.    
            Y en ese preciso instante descubrió al mito. Apareció colándose a través de la luz como una sombra aterradora. Nadie le dijo quien era, no hacía  falta. Lo que le produjo arcadas incontenibles que le subían del estomago hasta la garganta a Amanda no fue el metro noventa y cinco de aquella sombra, ni su complexión fuerte y maciza como una estatua de mármol negro, ni tan siquiera que fuera totalmente vestido de cuero negro y cubriera  su rostro con una máscara que no dejaba ver sus facciones. Lo que realmente asustó a Amanda fue aquel artilugio que la sombra portaba en su mano derecha, cincuenta centímetros de un material que no supo determinar hasta que lo tuvo dentro descubriendo en ese instante al mito. Al Falo. Que, como "El Embajador"  le había indicado, la trasladó a otro mundo. A un nirvana de dolor indescriptible que le hizo arrepentirse del camino elegido y encomendarse al Dios de sus padres al que, sin duda, tendría ocasión de conocer en unos instantes que presintió se le iban a hacer eternos.    



                                               Jesús  Coronado   -  2014